Hay algo de lo que no hablo mucho. En realidad, es algo de lo que me cuesta hablar, ya que me cuesta admitir qué me pasa.

Cuando me diagnosticaron con TEA le di a mi psicóloga todos los cuadernos y diarios que guardaba desde que era chica, para ayudar con el proceso. Cuando llegó el día en que debía escuchar los resultados, fue la primera vez que alguien fuera de mi cabeza usara “esa palabra” refiriéndose a mí. No, no era autismo, ya me sentía cómoda con esa identidad, sino que fue depresión. Ella nos dio el significado a mis padres y a mí, y me dijo que concordaba con lo que mostraba en mis escritos, dijo que le preocupaban más las consecuencias de eso que las del autismo en sí, por lo menos al nivel en que yo lo estaba manejando.

Siempre me había sentido identificada con esa condición, pero fue ahí recién cuando me di permiso de admitírmelo (a mi misma, nunca lo dije en voz alta), y ponerle nombre a lo que me pasaba. Sin embargo, sonreí y dije, sí; eso escribía hace mucho, no me pasa tanto, era cosa de adolescentes.

No se por qué nos cuesta hablar tanto del tema, no solo a mí, sino a todos, como sociedad, como individuos, nos cuesta. De hecho, dudé mucho (y mientras corrijo el borrador y sigo dudando) si publicar este artículo, porque aún me cuesta mucho admitir y hablar de lo que me pasa.

Son compañeras frecuentes del autismo la depresión y la ansiedad, y altamente discutido es el por qué. A veces me pregunto, ¿el autismo me hace más susceptible a estas cosas? ¿Es realmente el autismo en sí lo que lo causa, o es acaso como la sociedad responde al autismo? ¿Tener autismo me vuelve deprimida y ansiosa, o es más bien a causa de vivir en un mundo muy poco autism friendly? Me doy cuenta que no puedo responder a estas preguntas. Es común entre gente en el espectro, pero también lo es para las personas fuera de él.

Empecé a entender más sobre depresión con un video que vi hace tiempo, donde la compara con un perro negro (dejo aquí el video: https://www.youtube.com/watch?v=lkeFrKY0t1I), y me di cuenta que también tengo uno que me acompaña. Hoy puedo admitirlo. Eso me parece importante. Hasta hace poco decía que tenía tendencias depresivas, o que me sentía medio bajón, pero reconocer al perro negro, hoy me da el poder de entrenarlo.

Cómo enfrento a mi perro negro tiene mucho que ver con algo que opera transversalmente en todas mis decisiones y cómo veo todos los eventos que me suceden: soy católica. Sé que muchos de los que me leen no comparten eso (muchos otros sí), pero es algo que me identifica más que cualquier otra cosa. Mi fe católica me enseña que no estoy sola y me empodera a la hora de enfrentar mis problemas. No puedo hablar de depresión, ni de cómo elijo hacerle frente, dejando ese punto, importante y principal; sería muy deshonesto de mi parte.

Otra cosa que me ayudó mucho a entender y entrenar a mi perro negro metafórico es mi perrita blanca real. Mi compañera canina me muestra constante empatía; además, tener una vida que dependa de mí, y a una amiga incondicional, es increíblemente terapéutico.

Mi familia también es fundamental en cómo logro funcionar en mi día a día. Más de un millón de veces mis hermanitos, aún sin saberlo, me dieron fuerzas para terminar, empezar o continuar el día y mis papás son una constante fuente de apoyo sin la cual no estaría donde estoy.

En fin, tengo un perro negro, hoy puedo admitirlo. A veces tengo más días difíciles, y hay otras donde tengo muchos días buenos. Creo que mi perro negro siempre va a estar acompañándome, pero de a poco fui (y sigo) aprendiendo a ser yo quien toma las riendas, o la correa, y a trabajar para que ese perro esté lo más entrenado posible.

La Chica de Sombrero

 

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