Tengo Asperger.

Eso quiere decir que soy autista. Y eso quiere decir muchísimas cosas. Muchas cosas que quizás una búsqueda en Google pueda aclarar, y otras que se necesitará más tiempo estudiar, y más profundidad. Hay muchas interpretaciones en los medios, como series de televisión, películas, etc., que muestran al espectro autista y a las personas que lo viven de mil maneras diferentes.
Sin embargo, hay muchas cosas que todo eso no termina de mostrar nunca; sería imposible intentar recrear a la perfección el día a día de una persona autista; y si fuera posible, esa recreación no podría aplicarse a todas las personas autistas. Hay muchísimas cosas que yo hago y siento que siempre di por típicas, por cosas que son de la vida, que así soy yo, y ya; pero cada día que estudio, cada vez que lo pienso, me doy más y más cuenta de cuestiones que, en realidad, tenían que ver con mi autismo todo este tiempo.
Me doy cuenta también, que hay veces que uno quiere “arreglar” sus características autistas, o que tiene que ser menos esto o más aquello; pero en realidad, uno funciona así y eso no se cambia. Para mí cambiar ciertas cosas sería disfuncional; intentar funcionar como funciona un neurotípico, sería disfuncional, valga la redundancia.

A mí me dicen muchas veces que “no debo ser autista”, o que no debo tener Asperger, o que, si es que lo tengo, debe ser una forma muy leve, o “casi nada”. Y esto, aunque lo entiendo, es debido, muchas veces, a ignorancia (de hecho, es una de las razones principales por la que escribo este blog), me molesta. Me violenta tener que justificar mi diagnóstico, cuando ya compartirlo no es fácil.
Por eso mismo decidí escribir este particular artículo; porque quería compartir algunas de las maneras en las que a mí me afecta el Asperger, el autismo de cada día.

Tener Asperger quiere decir que racionalizo todo, todo. Lo que normalmente está naturalizado en otro, yo lo tengo que pensar, todos los días. También hay cosas que a otros les resulta difícil o que tienen que pensar, y que a mi me sale natural.

Tener Asperger quiere decir que racionalizo todo, todo. Lo que normalmente está naturalizado en otro, yo lo tengo que pensar, todos los días.

¿Qué quiere decir que racionalizo todo?

Quiere decir:

  • Cuando me levanto a la mañana y debo vestirme para empezar el día, tengo que acomodar toda mi ropa en el orden en que me la pongo, siempre el mismo orden. Tengo que hacer un recorrido mental de cada prenda, luego me visto. Y cuando termino, hago un recorrido de qué llevo puesto para asegurarme que no me falte nada, o que no tenga dos medias distintas, o las zapatillas al revés, o lo que sea.
  • Quiere decir que a veces no entiendo muy bien qué está queriendo decir mi cuerpo, si es que algo me duele, o estoy cansada, o es estrés o quizás ansiedad, u otra cosa totalmente distinta. Por eso también, a menudo no estoy segura si necesito ir al baño ya, enseguida, o si puedo aguantar un poco más. Entonces termino midiendo cuánto tengo que tomar de agua, o de cualquier líquido, cada cuanto, cuantas veces voy y cada cuánto. Así, no me toma por sorpresa y puedo funcionar mejor.
  • Cuando lavo los platos y ordeno las cosas a mi manera, e insisto en lavar siempre de esa manera, no es por una cuestión obsesiva, ni siquiera es porque “me gusta” y nada más. Es porque si no lo hago, sé que puedo estar horas en la cocina y nunca terminar de lavar. Necesito ordenar mis tareas. Tomar la decisión de hacer todo en este o aquel orden, y cumplirlo, para poder completar la tarea funcionalmente. Todo es un esfuerzo consciente, racionalizado.
  • Y no es sólo al momento de lavar los platos; me pasa al cocinar, al lavarme los dientes, al sentarme a estudiar; incluso cuando me siento a comer, lo primero que hago es decidir cuánto voy a tomar y dividir el plato mentalmente en cómo voy a comer lo que hay en él. Es decir, si tengo milanesas con puré, hago el cálculo mental de cuánto puré con milanesa debo comer en cada bocado, si me va a quedar milanesa sin puré o puré sin milanesa, si debería cortar todos los pedacitos primero o ir cortando a la medida que voy comiendo, si debo comer más rápido o más lento, cuánto puedo tomar de agua durante la comida, o si me conviene tomar más primero o dejar para el final. Todo eso antes de empezar a comer.

Yo nunca “hago las cosas y ya”. Alguna vez lo habré intentado, y fue desastroso. Alguna vez que pensé que lo mío “no estaba bien” e intenté que las cosas “fluyan” y hacerlas de manera natural, no pude, porque no son naturales para mí. Entonces se termina acabando el día y yo me veo en un estado de estrés absoluto y sin haber podido terminar de hacer las cosas que tenía para hacer.

Las interacciones sociales están pensadas de la misma manera; no son naturales. Tengo pensados los diálogos y luego, a la noche, recorro los eventos y conversaciones del día en mi cabeza, usando diversos personajes, viendo qué puedo aprender de ellos.
Quiere decir que a veces hablar es difícil, que las palabras en mi cabeza no siempre encuentran el camino a mi boca, y que las palabras de tu boca no siempre encuentran el camino a mi cabeza. Quiere decir que cuando estoy afuera en la calle, me van a chocar seguro; que, sin lugar a duda, me voy a golpear con algún poste, algo se me va a caer… Quiere decir que debo ensayar en qué orden voy a sacar las cosas del carrito del supermercado, y que tengo que decir “en un solo pago por favor”… y quiere decir que a veces digo “en un solo pago por favor” cuando utilizo la tarjeta de débito.

Las palabras en mi cabeza no siempre encuentran el camino a mi boca, y las palabras de tu boca no siempre encuentran el camino a mi cabeza.

Claro está, este mundo no está hecho para las personas que son como yo, que racionalizamos todo y que necesitan que todo esté planificado. Este mundo está lleno de cosas que salen a último momento, de ocasiones donde conviene ser espontáneo, y no calculador. También es verdad que a veces racionalizar todo cansa, y que frecuentemente pienso qué se sentirá que las cosas de la vida salgan naturales. A veces es más fácil quedarse en “los contra” que en “los pro”, especialmente porque la vida está llena de esos pequeños momentos que sacan a relucir “el autismo de cada día”. Y por eso es que la frase “a mí no me parece” o “pero debe ser muy leve” me resulta muy “chocante”. Incluso cuando sé que normalmente lo dicen con buenas intenciones, como si fuera algo bueno, como diciendo “pero si no tenés nada malo”, pero eso me cae incluso más “chocante”. Porque, es cierto, no tengo nada malo. Pero esas palabras trivializan las pequeñas cosas que hacen que vivir en un mundo neurotípico no sea fácil para mí. Trivializa el peso de la máscara que me pongo para que los demás estén más cómodos cuando están conmigo. Trivializa los momentos donde me tuve que vendar las manos, porque cuando me pongo ansiosa las sacudo y me hago daño. Trivializan los momentos en los que me quedé en la cama, llorando, pensando en qué me había equivocado ese día. Trivializan el esfuerzo que tengo que hacer muchas veces simplemente para hablar, o incluso para estar hablando en ese momento con esa persona. Trivializan el hecho de que muchas veces me siento perdida.

A veces es más fácil quedarse en “los contra” que en “los pro”, especialmente porque la vida está llena de esos pequeños momentos que sacan a relucir “el autismo de cada día”.

No tengo la intención de ser negativa. No soy negativa respecto al autismo. De hecho, celebro mi autismo y el de los otros miembros de mi familia que también están en el espectro. Me parece un mundo bello en el que vivimos. Pero sí creo importante concientizar y mostrarle al mundo que no siempre todo es bueno y no siempre todo es malo. Y mostrar que a veces, aunque no se note, que lo mío sea invisible no quiere decir que no exista.

La Chica de Sombrero

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