Hace poquito hablaba con mi papá, como muchas veces hago, y dónde muchas veces suceden los momentos más iluminados de mi vida.

Cuando no tengo más espacio en mi cabeza para guardar mis problemas, o cuando mis problemas deciden gritar demasiado fuerte, siempre puedo contar con una buena charla para ordenar todos esos pensamientos.

Esta vez estaba sobrecargada con la imposibilidad que muchas veces tengo para comunicarme con otros. El problema mayor se da cuando estos otros son personas que realmente me importan, a las que quiero muchísimo, y siento que lastimo con mi, como dije en ese momento, inutilidad para expresar mis necesidades más básicas, especialmente emocionales, lo cual siempre me lleva a pensar en un sinfín de problemas, que aún no existen y no van a existir en un futuro cercano…

¿Cómo vas a estar en una relación si no podés hablar con el otro? 

¿Cómo vas a mantener cualquier tipo de relación sana con tu familia si no podés hablar con ellos?

Tus hermanos te van a odiar.

Nunca vas a tener amigos. 

Tus amigos te van a dejar. 

Nunca vas a tener novio. 

Si tienes novio, te va a terminar odiando. 

Nunca tendrás hijos. 

Si tienes, hijos te van a odiar. 

A pesar de que sé que todos estos miedos son irracionales, a pesar que sé que lógicamente no tienen sentido, o que hasta son mentira, constantemente me gritan en el oído hasta ahogar cualquier otro pensamiento.

A veces siento que hago demasiado esfuerzo por tratar de ser la mejor versión de mí para otro, no la versión con la que más cómoda me siento.

Que sería capaz de sacrificar cosas que no tengo porqué sacrificar simplemente porque pienso que es lo que me corresponde hacer para poder ser parte del mundo.

Me agoto intentando entender mi parte en todo este lío, intentando acomodarme y renunciar a mis necesidades simplemente porque siento que son tontas, o que no corresponden, o que pueden llegar a, en algún hipotético caso, hacer que el otro me rechace.

Lógicamente, sé que, si el otro me rechaza por estas razones, no valía la pena estar con esa persona, en un primer lugar.

Sé que no tengo que preocuparme tanto.

Pero igual lo hago.

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Y cuando todas estas cosas llegan al punto de ahogar todo otro pensamiento, cuando no puedo funcionar en el trabajo, en el estudio, o en las cosas cotidianas; cuando no puedo dormir, cuando mi cabeza explota cada vez que alguien me habla, porque no tengo energía ya para procesar hasta la interacción más mínima; ahí es cuando más necesito hablar con alguien, cuando más necesito sacar todas eso de mi cabeza, y es cuando menos logro hacerlo.

Entonces voy a mi papá, siempre cuento con mi papá para esos momentos.

Hubo una época en que no lo hacía, en que sentía que no podía confiar en nadie, en que pensaba que estaba sola contra el mundo. Hasta que llegó el fatídico día que una palabra cambió mi vida y mi perspectiva sobre ella para siempre: autismo. 

Ahí aprendí a confiar.

Cuando le comenté todo esto a mi papá me dijo algo que nuevamente cambió mi perspectiva sobre mis problemas… Dicho en pocas palabras:

Lo que pasa no es que sea inútil en comunicar mis problemas y mis necesidades; lo que pasa es que estamos hablando en otro idioma. 

Los neurotípicos hablan un idioma, y nosotros hablamos otro. 

Entonces, es como imaginarse que uno comunica una necesidad en un perfecto inglés, y el otro responde en un impecable chino mandarín. 

Ambos están diciendo lo que tienen que decir, pero ninguno entiende lo que dice el otro. 

Entonces, uno tiene que aprender inglés, u otro tiene que aprender mandarín.

Increíble analogía para explicar lo que se siente ser autista en un mundo neurotípico.

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Ahora el problema:

¿Cómo decidimos quién aprende el nuevo idioma?

¿Quién tiene paciencia para escuchar a alguien que recién está adquiriendo un idioma que no es el propio?

¿Cómo ayudamos al otro a aprender nuestro idioma?

Lo ideal sería que ambos intenten aprender un poco del idioma del otro; que se tengan paciencia, que no tengan problema de repetir, de buscar otras maneras de decir las cosas, que no se burlen de las “tonadas extrañas” que pueda tener el otro.

Porque ahí es donde se arma el lío.

Es muy agotador tener que pensar en otro idioma y, para colmo, sentir ese rechazo, esa burla de que uno no lo pueda adquirir del todo.

Me quedé pensando en las personas que se tomaron el tiempo de intentar aprender mi idioma.

En las personas que me tienen paciencia mientras trato de aprender el de ellos.

Me sentí increíblemente agradecida de tener ese tipo de personas en mi vida.

También decidí seguir el consejo de mi papá:

Esfuérzate, sí; pero no te amargues, hay veces que simplemente no vale la pena. 

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La Chica de Sombrero.

 

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